El curso de cocina

Pablo llegó al trabajo y se puso a hablar con su compañera de mesa. Tenían una gran relación y se lo solían contar todo. Los tres siempre llegábamos muy temprano a la oficina. La verdad es que mi objetivo siempre era llegar el primero porque considero que las primeras horas del día son las mejores para trabajar y yo rindo mejor cuánto menos ruido hay a mi alrededor. De cualquier manera, llegar el primero era imposible con Pablo que debía levantarse a las 5 de la mañana y estar en la puerta antes incluso de que llegara el de seguridad…

Aquel día Pablo estaba mucho más feliz que otros días y no paraba de darle a la lengua. Al parecer se había apuntado a un curso de cocina y la experiencia estaba siendo súper grata. En un momento dado, miré de reojo y vi que Pablo sacaba de la mochila un delantal amarillo. Se lo puso ante las carcajadas de su amiga. Yo volví a mirar la pantalla del ordenador confiando en que la fiesta que tenía al lado de mi mesa terminaría pronto.

Días más tarde comenzaron a llegar los dulces a la ofi. Nos habló de una receta de huevos con leche para hacer un postre de apariencia bastante dudosa. La secretaria y amiguísima de Pablo se tiró en plancha a por el postre ignorando su aspecto y dijo que estaba delicioso. A mi mesa llegaba un olorcillo que no estaba mal del todo. Fue entonces cuando Pablo hizo de tripas corazón y me ofreció un trozo de aquella cosa. Yo despegué la nariz de la pantalla del ordenador y farfullé algo cercano a “ehh, bueno”… Me llevé un pedacito de aquello a la boca y lo mastiqué con reservas. No estaba tan mal. Pablo debió darse cuenta y me ofreció más a lo que yo me negué… aunque tal vez lo estaba deseando.

Y después de aquella receta de huevos con leche, la oficina se empezó a endulzar y casi todos los días, antes de que llagaran los demás, los tres despachábamos a gusto lo que Pablo había preparado el día anterior. El trabajo empezó a ir más lento, pero las mañanas fueron mucho más agradables…